jueves, 24 de septiembre de 2009

Primeras impresiones

En pocas palabras: silencioso, reservado, verde.

La primera cosa que me sorprendió fue el silencio. Ya he hablado del extraño silencio que me recibió en el aeropuerto de Narita. Pues Kyoto es muy similar. No se escucha el estruendo de los buses en las calles, el camión de la basura, coches pitándose furiosamente unos a otros, las cotorras gritonas de los vecinos, los gritos de la gente por la calle... En el tren y el metro, aproximadamente la mitad, o más de los presentes se enfrascan en su móvil o I-Pod. Y sin embargo, en ABSOLUTAMENTE NINGUNA ocasión en la que he ido en tren he escuchado un solo tono de llamada, ni siquiera un mísero pitido de "tienes un mensaje nuevo!". En la residencia nos prohiben hacer ruido en la cocina a partir de las 10 de la noche, así como hablar por la noche en las habitaciones con la ventana abierta, porque aparentemente molesta a los vecinos, que acaban llamando a la policía.

Y mira que en Barcelona he estado en fiestas en bloques de pisos, de esos que son como cajas, donde escuchas la vida de tus vecinos en directo, con música a todo volumen, risas estruendosas y conversaciones a gritos a las dos, tres, cuatro de la mañana... y la policía no ha aparecido. Y mira que frente a la casa de mi abuela Con, en México, hay varios locales donde hacen fiesta cada fin de semana y no dejan dormir a nadie, y nadie dice ni hace nada. Y aquí tienes una campanita en tu ventana que suena con el viento y los vecinos llaman a la policía quejándose de que no pueden dormir.

Claro que puntualizo: no en todas partes es lo mismo. Estoy en una zona de Kyoto más residencial y histórica y menos urbana. El centro mismo de Kyoto es mucho más transitado y ruidoso. Osaka también es una ciudad bastante estruendosa, sólo con el eterno movimiento de personas, coches y mercancías. Fuimos a una mega-tienda llamada Yodobashi Camera y nos tuvimos que salir al poco rato porque no soportábamos el estruendo: músiquita pegadiza e irritante anunciando las bondades de Yodobashi Camera, los vendedores de teléfonos gritando sus ofertas en cada esquina, gente yendo de un lado a otro... BUF.

¿Verde? El clima es muy raro aquí. Hace calor de julio en España, calor casi veracruzano, y estamos a finales de septiembre. Por la noche refresca un poco más. Y por cierto, a las siete de la tarde ya es de noche.

El clima por aquí en Kyoto parece ser muy húmedo. Y boscoso. Y eso se nota en cada rincón de la ciudad. Es algo que me parece maravilloso y me hace feliz. Suena cursi dicho así, pero es que los árboles y el cielo azul me dan una felicidad tan simple, tan primaria... no sé, es difícil de explicar. Kyoto está rodeada de montañas boscosas. En este momento del otoño los bosques se comienzan a teñir de rojo y dorado. Y hay árboles en todas partes, jardines en las casas, en los templos, alrededor de la ciudad.

Por ejemplo, Arashiyama, al este de Kyoto:





 

El primer día que desperté en Kyoto, fui a dar un paseo por la zona a las 8 de la mañana. No puedo describir el aroma, a humedad, flores, algo familiar y extraño a la vez. La tranquilidad del ambiente de un barrio tranquilo despertándose por la mañana, la gente paseando a su perro, trabajando en su huerto, saludándose.

Y es aquí donde me entró esa otra sensación que incluyo en mis primeras impresiones. Me sentí como una verdadera "gaijin", "persona de fuera". Como una intrusa en un mundo que no me pertenece y del cual nunca podré formar parte. Es como si mi pelo, el color de mi piel, la forma de mis ojos, mi idioma, fueran una barrera que me impiden formar parte, verdaderamente, de este país. No sé bien cómo explicarlo, es como si hubiera un Japón sólo para los japoneses. Son muy simpáticos con los extranjeros, especialmente en Kyoto (porque somos su medio de ganar dinero), pero, al mismo tiempo... dejan algo que los separa de nosotros.

Bueno, probablemente estas impresiones cambiarán con el tiempo. Quizás. Por ahora, ¡a echarle ganas a los trámites burocráticos!

sábado, 19 de septiembre de 2009

Terremotos

Una corta entrada antes de irme a dormir! (Queda pendiente un post sobre "primeras impresiones")

Esta madrugada, sobre las 2, cuando finalmente cesaba el insomnio y comenzaba a dormir, sentí un repentino temblor en toda la habitación. Escuché el sonido de mi nuevo ("nuevo" es un decir) refrigerador moviéndose violentamente. Helo aquí, mil yenes, con la puerta del congelador que no se cierra, y tan ruidoso como una cafetera... Desde que lo tengo no dejo de escuchar sus murmullos incesantes por la noche, recordándome un (otro) posible error económico.



Así que cuando escuché el estruendo del refrigerador por la noche, medio dormida, lo primero que pude pensar fue: "¿PERO QUÉ COÑO ESTÁ HACIENDO AHORA ESTE REFRIGERADOR?" Luego me di cuenta de que estaba en Japón y de que ése era, verdaderamente, uno de los tantos cientos de terremotos que tienen lugar en Japón cada año.

Antes de que pudiera pararme y hacer algo, la calma volvió a la noche, y no hubo repetición. Así fue mi primer terremoto en Japón.

Hace un par de días, en la primera sesión de Orientación en la universidad, vinieron unos bomberos con un camión especial para hacernos una demostración de la fuerza de un terremoto. Era básicamente un camión con un remolque que se movía de lado a lado y de arriba abajo, con una especie de "cocina", con una mesa, varios utensilios, algunos muebles. Cuatro personas se quitaban los zapatos, se subían, y empezaba el "terremoto". Como atracción de feria no era demasiado emocionante ni aterrador, ni siquiera se nos cayeron encima los utensilios que había encima de la "estufa". Era básicamente para comprobar la fuerza de un terremoto. Y en mi opinión no creo que sirva demasiado, porque un terremoto te pilla de sorpresa, en la cama, de camino al trabajo, en un examen... Eché en falta que, en vez de lucirse con sus avances tecnológicos, nos recordaran
los consejos básicos de prevención y seguridad en caso de terremoto: vigilar los objetos que potencialmente se nos caerían encima, no ponerlos allí, ponerse bajo una mesa, bajo el umbral de una puerta, etc.

Ya sé que estos consejos les sonarían viejos a muchos, pero al menos en mi caso, que pocas veces he vivido terremotos, y nunca uno muy fuerte (tenía pocos meses cuando fue el terremoto de México del '85, y yo estaba segura en Xalapa, Ver.) esos consejos tienden a ser... olvidados. Ciertamente iría bien que nos refrescaran la memoria en este tema, ¿no?

domingo, 13 de septiembre de 2009

Japón: La llegada

Estoy cenando pan y pockys en mi habitación de la residencia de estudiantes internacionales de la universidad, en Kyoto. ¡Hola a todos!
Éste es mi segundo día en Japón, y podría calificar mi estado de ánimo general como "sacada de onda". Totalmente.
Comencemos por el principio. El viaje comenzó en Zacatecas, Méx, a eso de las 7 de la mañana del jueves 10 de septiembre. Partí de la central de autobuses hacia Querétaro. Absorbí el paisaje zacatecano, extrañamente verde por las lluvias que han estado azotando la zona este mes. Pero igualmente yermo. Rocoso. Casas sin terminar, de puro ladrillo y cemento. En Querétaro tomé un autobús directo hacia el aeropuerto de México. Partía ya cansada y ansiosa; había estado la noche anterior re-empacando las maletas, quitandoles peso a costa de dejar atrás ropa que ahora me hace falta (¡pantalones! ¡mis botas! ¡mi chamarra de mezclilla!).
Llegué al aeropuerto con horas de antelación. Después de facturar mis maletas (una de las cuales pesaba la ridícula cantidad de 8 kilos), me quedé sin nada que hacer. Di paseos por la nueva terminal 2. Empecé a leer "La Era del Diamante". Me compré un Dr. Pepper, for old times' sake, me fui a poner perfume marca Boss en la tienda Duty-Free, en un vano intento por disimular la peste a sudor que emanaba de mi cuerpo después de varias horas en camión.
El avión hacia Tijuana partía antes de lo esperado, constaté que el avión que iba hacia Japón partía más tarde, y en ese momento pensé con envidia en los afortunados que no tendrían ni que bajar del avión al llegar a Tijuana.
En el avión conocí a un diputado del PAN, que me preguntó por mi vida, leí, esperé. Un viaje sin emociones, a una ciudad que nunca he visitado. Casi ni la pude ver bien porque era de noche.
Una vez en Tijuana, me dispuse a esperar una hora, quizá un poco más, en el pequeño aeropuerto, a que llegara el otro vuelo. Leí. Esperé... y esperé aún más. 
El vuelo salía, en teoría, a las 2:50 AM. Comenzaba a abordar a las 2:25. El avión no llegó hasta entradas las 3 de la mañana; sacaron a todos los pasajeros; los pasaron por inmigración, y a esperar hasta que los volvieran a abordar. La verdad es que había más chinos que japoneses, que imagino tomarían otro vuelo en Narita hacia China. Finalmente, como a las 4:30 casi, comenzamos a abordar. Así empecé la penúltima parte del viaje, sin dormir, completamente exhausta.
Me tocó ventana, y justamente al lado de dos chinos que tenían toda la pinta de 1) no hablarme para nada durante todo el viaje, y 2) quedarse dormidos al instante y no levantarse ni una vez. Prácticamente cierto. Un asiento con ventana es de lo pero que te puede tocar en uno de estos viajes largos, particularmente si eres una persona, como yo, con dificultades para dormir larga y profundamente en uno de los estrechos asientos del avión, y que necesita tomar agua con bastante regularidad... No pude dormir al principio, me limité a probar los videojuegos que venían en el programa de entretenimiento del avión, hasta que se me trabó la pantalla. En fin; el viaje fue demasiado largo; cruzamos el Pacífico de noche, y finalmente logré dormir un poco.
Llegamos a Japón en la madrugada a eso de las 7.
 
 Ya sabía que me encontraría campos de arroz, pero, ¡tantos! Me llamó la atención una particularidad de la zona: los campos cultivados rodeaban zonas de bosque, normalmente en colinas, donde estaban los pueblos. 
 
 Y así, sin más preámbulos, ¡aterrizamos en Japón! La emoción de este hecho, de realmente, de verdad, estar en territorio japonés, se vio relegada a un segundo plano por un solo pensamiento, ¿¿dónde está el lavabo??
Mi primera impresión de Japón: increíblemente silencioso. El suelo del aeropuerto de Narita está cubierto por alfombras que silencian el sonido de los pasos. No hubo colas en inmigración, prácticamente, al contrario que en todos los aeropuertos en los que he estado en mi vida. Encontré mis maletas enseguida. El revisor de aduanas fue extremadamente respetuoso al abrir una de mis maletas, poniendo un plástico enfrente para que quien estuviera en la fila no pudiera ver los contenidos de la maleta, sacando y recolocando cada cosa con sumo cuidado. Al contrario que esos inspectores que me he encontrado en el aeropuerto de México, que remueven a gusto y luego te dejan a ti que arregles lo que acaban de hacerle a la maleta que tanto tiempo tardaste en empacar.
Y así, oliendo a occidental sudada, con tres maletas, y mi cámara de fotos, entré a Japón por primera vez. Enfrente de la salida de la terminal pude comprar el pasaje para el Narita Express, un tren de alta velocidad que te lleva desde el aeropuerto a Tokio, y más allá. Es muy cómodo, y tiene un lugar al principio del vagón donde hay que dejar las maletas más grandes.
Una particularidad que me llamó la atención - cuando hablan de hacer "paradas breves" en una estación, lo dicen en serio. Realmente uno tiene pocos segundos para salir del tren, así que hay que estar sacando las maletas y posicionándose frente a la puerta desde el momento que anuncian la estación.
La estación de Tokyo es enorme. Una foto no le hubiera hecho justicia. En un momento me recordó al metro de México en hora punta; con gente yendo apresuradamente de un lado a otro, por todas partes. Compré el billete del shinkansen más rápido hacia Kyoto, el Nozomi, con asiento reservado y todo. El tren me encantó - bien vale la pena su precio. Hay tomas de corriente para conectar el portátil, e incluso ofrece internet inalámbrico en el trayecto hasta Shin-Osaka. Al principio no parece ir muy rápido, pero poco a poco va ganando velocidad, hasta que ves el paisaje pasar tan rápido ante tus ojos que marea. Fue la razón por la que no pude hacer buenas fotos en el trayecto - tan pronto como veía un paisaje interesante, éste desaparecía de la vista. 
 
¿Parece un avión, verdad? 
En poco más de dos horas llegamos a la estación de Kyoto. Allí, descubrí que el billete del shinkansen sirve también para los trenes locales. Tomé un tren que iba hacia la estación de Hanazono, cerca de la residencia. Al principio no estaba segura de si era el tren correcto, pero pude preguntar sin problemas. También vi que los carteles que anuncian la estación también tienen apuntado el nombre de la próxima estación, lo cual es bastante útil. Una vez en Hanazono, me quedó encontrar la parada de taxis, y llegar a la residencia. Llovía pero no hacía frío.
Después todo fue bastante rápido y confuso. Pero de eso empezaremos a hablar más tarde: las primeras impresiones de Kyoto!

martes, 1 de septiembre de 2009

Introducción

Faltan 10 días para mi viaje a Japón, donde estaré un año estudiando en una universidad de Kyoto. Así acabaré mis siete años de estudios universitarios; y tengo la esperanza de comenzar mi vida laboral.

¿Cómo llega uno a Kyoto? Retrospectivamente parece sencillo: hace falta una universidad que ofrezca posibilidades de intercambio con esos países, estudiar japonés un par de años, y ahorrar... ahorrar mucho.

Ahora que ha llegado la hora, con terror e ilusión a partes iguales, me dispongo a viajar más lejos de lo que he viajado en mi vida.

En este blog relataré todas mis experiencias y reflexiones relativas a Japón.

Apenas es el principio.