En pocas palabras: silencioso, reservado, verde.
La primera cosa que me sorprendió fue el silencio. Ya he hablado del extraño silencio que me recibió en el aeropuerto de Narita. Pues Kyoto es muy similar. No se escucha el estruendo de los buses en las calles, el camión de la basura, coches pitándose furiosamente unos a otros, las cotorras gritonas de los vecinos, los gritos de la gente por la calle... En el tren y el metro, aproximadamente la mitad, o más de los presentes se enfrascan en su móvil o I-Pod. Y sin embargo, en ABSOLUTAMENTE NINGUNA ocasión en la que he ido en tren he escuchado un solo tono de llamada, ni siquiera un mísero pitido de "tienes un mensaje nuevo!". En la residencia nos prohiben hacer ruido en la cocina a partir de las 10 de la noche, así como hablar por la noche en las habitaciones con la ventana abierta, porque aparentemente molesta a los vecinos, que acaban llamando a la policía.
Y mira que en Barcelona he estado en fiestas en bloques de pisos, de esos que son como cajas, donde escuchas la vida de tus vecinos en directo, con música a todo volumen, risas estruendosas y conversaciones a gritos a las dos, tres, cuatro de la mañana... y la policía no ha aparecido. Y mira que frente a la casa de mi abuela Con, en México, hay varios locales donde hacen fiesta cada fin de semana y no dejan dormir a nadie, y nadie dice ni hace nada. Y aquí tienes una campanita en tu ventana que suena con el viento y los vecinos llaman a la policía quejándose de que no pueden dormir.
Claro que puntualizo: no en todas partes es lo mismo. Estoy en una zona de Kyoto más residencial y histórica y menos urbana. El centro mismo de Kyoto es mucho más transitado y ruidoso. Osaka también es una ciudad bastante estruendosa, sólo con el eterno movimiento de personas, coches y mercancías. Fuimos a una mega-tienda llamada Yodobashi Camera y nos tuvimos que salir al poco rato porque no soportábamos el estruendo: músiquita pegadiza e irritante anunciando las bondades de Yodobashi Camera, los vendedores de teléfonos gritando sus ofertas en cada esquina, gente yendo de un lado a otro... BUF.
¿Verde? El clima es muy raro aquí. Hace calor de julio en España, calor casi veracruzano, y estamos a finales de septiembre. Por la noche refresca un poco más. Y por cierto, a las siete de la tarde ya es de noche.
El clima por aquí en Kyoto parece ser muy húmedo. Y boscoso. Y eso se nota en cada rincón de la ciudad. Es algo que me parece maravilloso y me hace feliz. Suena cursi dicho así, pero es que los árboles y el cielo azul me dan una felicidad tan simple, tan primaria... no sé, es difícil de explicar. Kyoto está rodeada de montañas boscosas. En este momento del otoño los bosques se comienzan a teñir de rojo y dorado. Y hay árboles en todas partes, jardines en las casas, en los templos, alrededor de la ciudad.
Por ejemplo, Arashiyama, al este de Kyoto:
Y mira que en Barcelona he estado en fiestas en bloques de pisos, de esos que son como cajas, donde escuchas la vida de tus vecinos en directo, con música a todo volumen, risas estruendosas y conversaciones a gritos a las dos, tres, cuatro de la mañana... y la policía no ha aparecido. Y mira que frente a la casa de mi abuela Con, en México, hay varios locales donde hacen fiesta cada fin de semana y no dejan dormir a nadie, y nadie dice ni hace nada. Y aquí tienes una campanita en tu ventana que suena con el viento y los vecinos llaman a la policía quejándose de que no pueden dormir.
Claro que puntualizo: no en todas partes es lo mismo. Estoy en una zona de Kyoto más residencial y histórica y menos urbana. El centro mismo de Kyoto es mucho más transitado y ruidoso. Osaka también es una ciudad bastante estruendosa, sólo con el eterno movimiento de personas, coches y mercancías. Fuimos a una mega-tienda llamada Yodobashi Camera y nos tuvimos que salir al poco rato porque no soportábamos el estruendo: músiquita pegadiza e irritante anunciando las bondades de Yodobashi Camera, los vendedores de teléfonos gritando sus ofertas en cada esquina, gente yendo de un lado a otro... BUF.
¿Verde? El clima es muy raro aquí. Hace calor de julio en España, calor casi veracruzano, y estamos a finales de septiembre. Por la noche refresca un poco más. Y por cierto, a las siete de la tarde ya es de noche.
El clima por aquí en Kyoto parece ser muy húmedo. Y boscoso. Y eso se nota en cada rincón de la ciudad. Es algo que me parece maravilloso y me hace feliz. Suena cursi dicho así, pero es que los árboles y el cielo azul me dan una felicidad tan simple, tan primaria... no sé, es difícil de explicar. Kyoto está rodeada de montañas boscosas. En este momento del otoño los bosques se comienzan a teñir de rojo y dorado. Y hay árboles en todas partes, jardines en las casas, en los templos, alrededor de la ciudad.
Por ejemplo, Arashiyama, al este de Kyoto:
El primer día que desperté en Kyoto, fui a dar un paseo por la zona a las 8 de la mañana. No puedo describir el aroma, a humedad, flores, algo familiar y extraño a la vez. La tranquilidad del ambiente de un barrio tranquilo despertándose por la mañana, la gente paseando a su perro, trabajando en su huerto, saludándose.
Y es aquí donde me entró esa otra sensación que incluyo en mis primeras impresiones. Me sentí como una verdadera "gaijin", "persona de fuera". Como una intrusa en un mundo que no me pertenece y del cual nunca podré formar parte. Es como si mi pelo, el color de mi piel, la forma de mis ojos, mi idioma, fueran una barrera que me impiden formar parte, verdaderamente, de este país. No sé bien cómo explicarlo, es como si hubiera un Japón sólo para los japoneses. Son muy simpáticos con los extranjeros, especialmente en Kyoto (porque somos su medio de ganar dinero), pero, al mismo tiempo... dejan algo que los separa de nosotros.
Bueno, probablemente estas impresiones cambiarán con el tiempo. Quizás. Por ahora, ¡a echarle ganas a los trámites burocráticos!








