domingo, 13 de septiembre de 2009

Japón: La llegada

Estoy cenando pan y pockys en mi habitación de la residencia de estudiantes internacionales de la universidad, en Kyoto. ¡Hola a todos!
Éste es mi segundo día en Japón, y podría calificar mi estado de ánimo general como "sacada de onda". Totalmente.
Comencemos por el principio. El viaje comenzó en Zacatecas, Méx, a eso de las 7 de la mañana del jueves 10 de septiembre. Partí de la central de autobuses hacia Querétaro. Absorbí el paisaje zacatecano, extrañamente verde por las lluvias que han estado azotando la zona este mes. Pero igualmente yermo. Rocoso. Casas sin terminar, de puro ladrillo y cemento. En Querétaro tomé un autobús directo hacia el aeropuerto de México. Partía ya cansada y ansiosa; había estado la noche anterior re-empacando las maletas, quitandoles peso a costa de dejar atrás ropa que ahora me hace falta (¡pantalones! ¡mis botas! ¡mi chamarra de mezclilla!).
Llegué al aeropuerto con horas de antelación. Después de facturar mis maletas (una de las cuales pesaba la ridícula cantidad de 8 kilos), me quedé sin nada que hacer. Di paseos por la nueva terminal 2. Empecé a leer "La Era del Diamante". Me compré un Dr. Pepper, for old times' sake, me fui a poner perfume marca Boss en la tienda Duty-Free, en un vano intento por disimular la peste a sudor que emanaba de mi cuerpo después de varias horas en camión.
El avión hacia Tijuana partía antes de lo esperado, constaté que el avión que iba hacia Japón partía más tarde, y en ese momento pensé con envidia en los afortunados que no tendrían ni que bajar del avión al llegar a Tijuana.
En el avión conocí a un diputado del PAN, que me preguntó por mi vida, leí, esperé. Un viaje sin emociones, a una ciudad que nunca he visitado. Casi ni la pude ver bien porque era de noche.
Una vez en Tijuana, me dispuse a esperar una hora, quizá un poco más, en el pequeño aeropuerto, a que llegara el otro vuelo. Leí. Esperé... y esperé aún más. 
El vuelo salía, en teoría, a las 2:50 AM. Comenzaba a abordar a las 2:25. El avión no llegó hasta entradas las 3 de la mañana; sacaron a todos los pasajeros; los pasaron por inmigración, y a esperar hasta que los volvieran a abordar. La verdad es que había más chinos que japoneses, que imagino tomarían otro vuelo en Narita hacia China. Finalmente, como a las 4:30 casi, comenzamos a abordar. Así empecé la penúltima parte del viaje, sin dormir, completamente exhausta.
Me tocó ventana, y justamente al lado de dos chinos que tenían toda la pinta de 1) no hablarme para nada durante todo el viaje, y 2) quedarse dormidos al instante y no levantarse ni una vez. Prácticamente cierto. Un asiento con ventana es de lo pero que te puede tocar en uno de estos viajes largos, particularmente si eres una persona, como yo, con dificultades para dormir larga y profundamente en uno de los estrechos asientos del avión, y que necesita tomar agua con bastante regularidad... No pude dormir al principio, me limité a probar los videojuegos que venían en el programa de entretenimiento del avión, hasta que se me trabó la pantalla. En fin; el viaje fue demasiado largo; cruzamos el Pacífico de noche, y finalmente logré dormir un poco.
Llegamos a Japón en la madrugada a eso de las 7.
 
 Ya sabía que me encontraría campos de arroz, pero, ¡tantos! Me llamó la atención una particularidad de la zona: los campos cultivados rodeaban zonas de bosque, normalmente en colinas, donde estaban los pueblos. 
 
 Y así, sin más preámbulos, ¡aterrizamos en Japón! La emoción de este hecho, de realmente, de verdad, estar en territorio japonés, se vio relegada a un segundo plano por un solo pensamiento, ¿¿dónde está el lavabo??
Mi primera impresión de Japón: increíblemente silencioso. El suelo del aeropuerto de Narita está cubierto por alfombras que silencian el sonido de los pasos. No hubo colas en inmigración, prácticamente, al contrario que en todos los aeropuertos en los que he estado en mi vida. Encontré mis maletas enseguida. El revisor de aduanas fue extremadamente respetuoso al abrir una de mis maletas, poniendo un plástico enfrente para que quien estuviera en la fila no pudiera ver los contenidos de la maleta, sacando y recolocando cada cosa con sumo cuidado. Al contrario que esos inspectores que me he encontrado en el aeropuerto de México, que remueven a gusto y luego te dejan a ti que arregles lo que acaban de hacerle a la maleta que tanto tiempo tardaste en empacar.
Y así, oliendo a occidental sudada, con tres maletas, y mi cámara de fotos, entré a Japón por primera vez. Enfrente de la salida de la terminal pude comprar el pasaje para el Narita Express, un tren de alta velocidad que te lleva desde el aeropuerto a Tokio, y más allá. Es muy cómodo, y tiene un lugar al principio del vagón donde hay que dejar las maletas más grandes.
Una particularidad que me llamó la atención - cuando hablan de hacer "paradas breves" en una estación, lo dicen en serio. Realmente uno tiene pocos segundos para salir del tren, así que hay que estar sacando las maletas y posicionándose frente a la puerta desde el momento que anuncian la estación.
La estación de Tokyo es enorme. Una foto no le hubiera hecho justicia. En un momento me recordó al metro de México en hora punta; con gente yendo apresuradamente de un lado a otro, por todas partes. Compré el billete del shinkansen más rápido hacia Kyoto, el Nozomi, con asiento reservado y todo. El tren me encantó - bien vale la pena su precio. Hay tomas de corriente para conectar el portátil, e incluso ofrece internet inalámbrico en el trayecto hasta Shin-Osaka. Al principio no parece ir muy rápido, pero poco a poco va ganando velocidad, hasta que ves el paisaje pasar tan rápido ante tus ojos que marea. Fue la razón por la que no pude hacer buenas fotos en el trayecto - tan pronto como veía un paisaje interesante, éste desaparecía de la vista. 
 
¿Parece un avión, verdad? 
En poco más de dos horas llegamos a la estación de Kyoto. Allí, descubrí que el billete del shinkansen sirve también para los trenes locales. Tomé un tren que iba hacia la estación de Hanazono, cerca de la residencia. Al principio no estaba segura de si era el tren correcto, pero pude preguntar sin problemas. También vi que los carteles que anuncian la estación también tienen apuntado el nombre de la próxima estación, lo cual es bastante útil. Una vez en Hanazono, me quedó encontrar la parada de taxis, y llegar a la residencia. Llovía pero no hacía frío.
Después todo fue bastante rápido y confuso. Pero de eso empezaremos a hablar más tarde: las primeras impresiones de Kyoto!

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