Hoy me levanté temprano, antes de las ocho. Lo cual es extremadamente raro para mí, en el contexto de estos últimos meses de "Spring Break". Había quedado con gente de la residencia para ir de viajecito, nada, un viaje de medio día a un onsen de Kyoto. El día amaneció cálido y radiante. Me sentía más vital y energética que de costumbre.
¿Y qué me encuentro al bajar a la entrada de la residencia? Caras largas. Sólo cinco personas, tres chicos y dos chicas, y va resultando que de todos los que se apuntaron para ir, la mayoría sacó una excusa de último momento- que si una resaca tremenda, que si tengo la regla, que si tengo que quedar con una amiga... y al final se decidió que se iría a un onsen cerca de la residencia para no gastar tanto en el sitio lujoso al que teníamos pensado ir en primer lugar. Sólo los chicos, yo era la única chica dispuesta a ir. Y la verdad, pocas ganas de bañarme sola junto a unas abuelas japonesas que se me quedarán mirando los pelos. Así que me enfadé y decidí no ir.
El día no empezaba bien, pero en estas vacaciones un día soleado y cálido es un regalo preciado que no cabe desperdiciar. Así que, en parte para aprovechar que ya estaba despierta, en parte para calmarme el enfado, decidí salir yo sola a dar una vuelta en bicicleta.
El curso pasado, cuando de cara a este año me imaginaba Mis Fantabulosas Aventuras en Japón, me veía a mi misma en las largas vacaciones de primavera, saliendo cada dia a recorrerme la ciudad a pie o en bicicleta. Cada día sería una nueva aventura, y al final del año conocería Kyoto como si hubiera vivido allí toda la vida. La realidad, sin embargo, siempre es mucho más dura y trivial: la mitad de mis vacaciones las he pasado encerrada en casa, porque afuera llovía, hacía mucho frío, o simplemente no había nada que hacer (a mí en cuanto se hace de noche se me quitan las ganas de salir de casa, y como en vacaciones pillo un horario nocturno y tiendo a despertarme a mediodía...).
Así que mis fantaseados Paseos por Kyoto han sido pocos. Pero eso sí, geniales.
En uno de mis últimos paseos a Arashiyama (zona oeste de la ciudad, a 30 minutos en bici de mi casa), había intentado seguir la ruta sugerida por una guía turística pero, como siempre, me desvié de la ruta y acabé caminando por un solitario camino en la montaña, cubierto de hojas, medio abandonado. No es que no fuera un paseo placentero por derecho propio, pero al final del día, cansada, descubrí el camino sugerido por la guía y vi que era muy bonito y digno de investigar. Y hoy decidí ir en esa dirección. Tomar decisiones rápidas. Guiarme por mi instinto. ¡Descubrir nuevos caminos!
Y adelante, salí en bici a la calle. Me crucé con una de las Desertoras del Onsen, que me ofreció Dulce a cambio de Perdón, trato que acepté con mucho gusto. El día era espléndido, no podré dejar de repetirlo. Los primeros cerezos en flor que he visto en Japón están floreciendo en mi calle, delante de la residencia. Me encaminé en esa dirección, dispuesta a encontrar un camino alternativo hacia Arashiyama. Normalmente voy por el camino que nos enseñaron los Buddies cuando nos llevaron allí la primera semana: directo por Marutamachi, hasta que se acabe la calle, luego a la izquierda todo recto. Esta vez fui por las callecitas residenciales, más tranquilas y vacías. Y descubrí...
Jardines. De estos típicos japoneses, con árboles de tronco recto y copas redondeadas, piedras, bambú... grandes extensiones de jardín a un lado y otro de la carretera. No sé si son casas grandes con su super-jardín, o si son "cultivos" de plantas para jardines privados que luego se venden. Más adelante, siguiendo recto y siempre en dirección al oeste, hacia las montañas, descubrí que se llega con facilidad y rapidez a Hirosawa-no-ike, un lago grande que ya he visitado en varias ocasiones. De allí, sin embargo, ya no pude encontrar un camino hacia Arashiyama. Me metí en varios callejones sin salida y acabé en Marutamachi, y ni modo, seguí por el camino de siempre.
Me metí por un callejón que se internaba en el famoso bosque de bambú de Arashiyama. Como siempre, y a pesar de que eran las nueve de la mañana, había muchos turistas caminando por allí. Caminé con la bici la mitad del tiempo; visité un santuario pequeño, le eché una ojeada por fuera al Rakushisha (donde Matsuo Basho y otros poetas se inspiraban para escribir) y a algunos templos (todos de pago), y miré las tiendas de recuerdos. Una de ellas, cerca del Rakushisha, me llamó la atención: vendía productos de cerámica que se hacían allí mismo en la tienda. Máscaras pequeñas, y muchos caquis, y también "La Famosa-Por-Haber-Salido-en-la-Tele" caca dorada. Pues eso. Una caca de oro. O al menos del color del oro. Disponible en versión tamaño-verruga, y en versión "strap" para el móvil.
En otra tienda, ya más al norte, cerca de un templo llamado "Adashino-Nenbutsu-ji", encontré otra serie de omiyages fascinantes. Figuritas hechas con ovillos de seda, capullos blancos ovalados y duros. Gatitos, ranitas, monos; y una serie de maquetas del Kyoto antiguo con figuritas de seda trajinando pro doquier, monjes, mujeres con kimono, todo ello hecho con los capullos ovalados. Aquí entablé una conversación con la dueña del establecimiento, preguntándole primero qué eran las cositas blancas. Elogió mi japonés (cómo no) y me dio un mapa de la zona. Me sentí contenta al comprobar que me defiendo bastante bien en conversaciones diarias como esta. Mis errores son más bien gramaticales y de adecuación (cuando llegué me costaba usar el informal, y ahora al contrario me cuesta usar el lenguaje formal, y suelo acabar torpemente mis frases con "desu" en un intento de remediar mis cagadas). Pero ya entiendo el 70-80% de lo que me dicen.
En fin, subí por la callecita esa hasta que se acabó, en la carretera. Bajé de nuevo y vi, ¡milagro! una atracción que parecía ser gratis. Sin saber bien qué era, me metí detrás de unos turistas japoneses. Resultó ser, según entendí, una vieja casa construida en la era Meiji, abierta al público, aparentemente como centro de información turística. Había una señora que nos enseñó, a la pareja y a mí, el jardín trasero con un árbol de sakura que empezaba a florecer, el balconcito de la casa, tan estrecho que si salías te, caías por la ventana, una maqueta de la zona... me recomendaron ver los "ishi-butsu" que estaban en el templo al final de la carretera. Se veían interesantes, así que volví sobre mis pasos hasta el templo "Odagi-Nenbutsu-ji", donde por 300 yenes puedes ver no sólo los edificios, reconstruidos casi todos y típicos de los templos budistas, si no especialmente los "ishi-butsu", que como su nombre indica, son "Buddhas de piedra".
Decenas, cientos de estatuas de un medio metro de altura, esculpidas por diferentes personas en los 80s para la reconstrucción del templo. Cada una con una expresión diferente, individual. Claro que muchas son parecidas: caras regordetas, expresiones de paz y felicidad. Pero algunas son realmente divertidas. Tomé muchas fotos a pesar de que la cámara se estaba quedando sin pilas.
Ya era mediodía cuando salí del templo, y decidí volver a casa. Como soy yo, no podía contentarme con volver con el camino de siempre. Decidí probar otra ruta: ir a mi casa vía Daikakuji. Encontré el camino con facilidad, y sólo me desvié un minuto para fotografiar la entrada de un templo donde había una estatua de un elefante y un tanuki obeso. Dudé un momento cuando llegué al Daikakuji, ¿para dónde ir? Decidí ir al este, en la dirección general de mi casa. Bordeé el laguito junto al Daikakuji y me encontré en un caminito de tierra que cruzaba una extensión considerable de campos de cultivo.
Es esta otra cosa que me gusta de Japón. Al parecer cada vecindario tiene su huertito, grande o pequeño; además hay huertos privados dispersos aquí y allá por la ciudad. Y en esta parte concreta de la ciudad, varios kilómetros cuadrados de campos de arroz. Por poco que resulte la producción de alimentos que sale de estos huertos urbanos, me parece genial que al menos unas personas en Kyoto puedan alimentarse del arroz y las verduras que se producen aquí mismo en la ciudad.
Por supuesto, al llegar a esta extensión empecé a sospechar que había encontrado el camino de vuelta a Hirosawa-no-ike, y pude comprobar con satisfacción que así era. De allí, intenté volver por donde había venido, pero me equivoqué y seguí derecho... y volví a acabar en Marutamachi. Seguí por allí un rato, luego volví a encontrar el camino de los jardines... y justo antes de llegar a mi casa me perdí un rato.
En fin, regresé a casa contenta, no muy cansada. El día era muy caluroso, considerando que ayer tenía que llevar bufanda y hoy llevaba sólo una camiseta de manga larga. Verdaderamente, pensé, esta ciudad es maravillosa.

Me encantaron las estatuas. Son Muchas. Aquí me llega el olor de los azahares y luego el de otras flores y plantas primaverales que no logro distinguir pero que inevitablemente relaciono con los árboles floreados de la calle (que no recuerdo su nombre...) que hace esquina con la calle Costa, abrir mi ventana en primavera era ese olor.
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